43 años de democracias: El derecho de un pueblo a elegir su destino

Hay fechas que no deberían pasar inadvertidas. Fechas que, más allá del calendario y de las circunstancias históricas que las rodearon, representan un punto de inflexión en la vida de una sociedad.
El 30 de octubre de 1983 es, sin dudas, una de ellas.
Aquel domingo, después de más de siete años de dictadura militar, millones de argentinos acudieron a las urnas para protagonizar una jornada que marcaría el comienzo de una nueva etapa institucional. Raúl Ricardo Alfonsín resultó electo presidente de la Nación y, con aquel resultado, el país comenzaba a recuperar el camino de la democracia.
Pero sería demasiado limitado recordar aquella jornada solamente por un resultado electoral o por el nombre de quien obtuvo la mayoría de los votos. Su verdadero significado fue mucho más profundo: los argentinos volvíamos a ser protagonistas de nuestro propio destino.
La democracia es mucho más que votar.
Es la posibilidad de elegir, pero también de equivocarnos, de cambiar, de reclamar, de expresar nuestras diferencias y de exigir respuestas a quienes reciben la responsabilidad de gobernar.
Es comprender que ningún mandatario es dueño del Estado, que ningún partido político es propietario de la voluntad popular y que ningún gobierno tiene un poder por encima de la Constitución y de las instituciones.
En democracia, el poder no pertenece a quien circunstancialmente lo ejerce. Su origen está en la ciudadanía, que lo delega mediante el voto y conserva el derecho de controlarlo, cuestionarlo y renovarlo.
Por eso, la democracia también significa aceptar las diferencias. Entender que quien piensa distinto no es un enemigo, que las minorías tienen derechos, que la libertad de expresión no puede depender de las simpatías de quien gobierna y que la convivencia institucional exige respeto, tolerancia y responsabilidad.
Una conquista que debemos cuidar
Desde aquel 1983 hasta nuestros días, la Argentina atravesó gobiernos de distintos signos políticos, crisis económicas, conflictos sociales, dificultades institucionales y momentos de profunda incertidumbre.
La democracia no estuvo exenta de sobresaltos. Tampoco consiguió, por sí sola, resolver todos los problemas históricos del país. Sin embargo, logró sostenerse como el marco institucional dentro del cual los argentinos continuamos eligiendo a nuestras autoridades y buscando respuestas a nuestras diferencias.
Y eso no es un dato menor.
Durante décadas, nuestra historia estuvo marcada por interrupciones institucionales, golpes de Estado y períodos en los que la voluntad popular fue desplazada por la imposición. Por eso, la continuidad democrática que comenzó a construirse en 1983 constituye una conquista colectiva que merece ser reconocida y preservada.
No se trata de idealizar la democracia ni de desconocer sus deudas. Se trata, precisamente, de comprender que sus dificultades deben resolverse con más democracia, con mejores instituciones, con mayor participación ciudadana y con el cumplimiento efectivo de los derechos y garantías constitucionales.
Porque una democracia no se fortalece únicamente cuando se abren las urnas. También se fortalece cuando funcionan la Justicia, cuando se respeta la libertad de prensa, cuando los ciudadanos pueden organizarse, cuando se garantizan los derechos de los trabajadores y cuando las instituciones cumplen sus responsabilidades sin someterse a intereses circunstanciales.
El poder vuelve a la ciudadanía
Quizás una de las enseñanzas más importantes de aquel 30 de octubre sea recordar que la ciudadanía tiene la última palabra sobre quién debe conducir los destinos de la Nación.
Los gobiernos pasan. Los partidos políticos atraviesan distintas etapas. Los dirigentes aparecen y desaparecen del escenario público. Pero las instituciones deben permanecer y el derecho del pueblo a elegir nunca debería estar sujeto a discusión.
La democracia no es patrimonio de una fuerza política, de una generación ni de un sector de la sociedad. Es un bien común, construido con el esfuerzo de millones de argentinos que, en distintos momentos de nuestra historia, defendieron la libertad y la vigencia del Estado de Derecho.
A 43 años de aquella jornada, recordar el retorno democrático también implica asumir una responsabilidad hacia el presente y el futuro: no dar por garantizado aquello que tanto costó recuperar.
Porque la democracia no se hereda como una propiedad inalterable. Se construye, se ejerce y se defiende todos los días.
Y si algo debería unirnos a los argentinos, más allá de nuestras diferencias y de nuestras legítimas posiciones políticas, es la convicción de que nadie puede decidir por nosotros el destino de nuestra Nación.
El 30 de octubre de 1983 no ganó solamente una fórmula presidencial. Ese día, los argentinos recuperamos el derecho a elegir. Y ese derecho sigue siendo, 43 años después, uno de los mayores patrimonios de nuestra vida colectiva.
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